miércoles, 11 de noviembre de 2009

¡¡AYYYY FRONTERA NO TE RAJES!!


CARLOS MONSIVáIS
Libreros y editores de México celebran cada año, el 12 de noviembre, el Día Nacional del Libro, cuyo objetivo primordial es promover el hábito de la buena lectura. Con ese motivo publican, desde 1980, un volumen que distribuyen masivamente de forma gratuita. En aquel año regalaron las Obras escogidas de Sor Juana Inés de la Cruz; el año pasado, fue seleccionado De noche vienes, de Elena Poniatowska. Para la celebración de 2009 escogieron la versión actualizada de Los mil y un velorios / Crónica de la nota roja en México, de Carlos Monsiváis, de la cual obsequiarán 50 mil ejemplares. Fuimos autorizados para adelantar en Proceso fragmentos del capítulo XV.
En este paisaje, la transformación del corrido es fundamental. Al corrido, un género musical, épico y político de principios del siglo XX, se le cree extinguido, sólo apto para rememorar a Zapata y Pancho Villa. De pronto, en la década de 1970 el corrido vuelve con persuasión y clientela. El Norte de México se afilia a la canción que transmite hazañas (lo que su público califica de hazañas), y se fortalecen los grupos que, desde su aspecto, irremisiblemente “norteño”, se identifican con sus oyentes. Cantar la vida y muerte de un narco no es celebrar a un bandolero social, sino precisar lo innegable: los otros intérpretes del corrido, sus personajes, los que se desgañitan en los pick-ups, norman su conducta queriendo ser o evitando ser celebrados y sentenciados por grupos como Los Tucanes de Tijuana y muchísimos más, que una y otra vez insisten en su “filosofía de la vida”. Una célebre canción colombiana de Darío Gómez, muy apreciada por los narcos, se llama “Nadie es eterno”, y en el entierro de Pablo Escobar Gaviria, y de muchos otros traficantes en México y en Colombia, se canta “El Rey”, del mexicano José Alfredo Jiménez, con un inicio a su modo épico: “Yo sé bien que estoy afuera, pero el día que yo me muera, sé que tendrás que llorar”.
Pacas de a kilo
Como en los buenos tiempos de la Revolución, el Norte mexicano patrocina la transmisión de hechos de sangre y multiplica a los grupos que, desde lo “irremisiblemente norteño” de sus atavíos, se identifican con los oyentes que los incorporan a su “sentimiento histórico” y muy probablemente a su patrimonio sentimental.
Los cantores de las jactancias del narco no reivindican nada, se limitan a anticipar lo innegable: los seguidores del corrido no quieren ser sus protagonistas, porque así como los ven de pobres, la vida es su mayor querencia, detestan el valor suicida, y repudian los rastros de muerte… Y con todo, y de esto hay numerosas constancias, tampoco excomulgan al antihéroe, más bien observan con celo regional y laboral a los exceptuados provisionalmente del destino de los pobres. Y los testigos de cargo o descargo entonan: “Por causa de la amapola, las tremendas metralletas”.
¿Hay en los narcocorridos apología del delito y la delincuencia? Lo más conocido no es estrictamente ditirámbico, sino la recordación funeraria de aquellos que con tal de subrayar su mínima o máxima importancia desafían a la ley y no se inmutan a la hora de disminuir brutalmente la demografía. En Jefe de Jefes. Corridos y narcocultura en México, de Juan Manuel Valenzuela, se cita un corrido de Los Rojos, “Mi último contrabando”, que describe la metamorfosis: ha vivido pobre, muere en la respetabilidad del derroche:
Quiero cuando muera,
escuchen ustedes,
así es mi gusto y mi modo,
mi caja más fina y yo bien vestido,
y con mis alhajas de oro,
en mi mano derecha un cuerno de chivo
en la otra un kilo de polvo.
Mi bota texana y botas de avestruz,
y mi cinturón piteado todo bien vaquero,
y con gran alipús,
un chaleco de venado
para que San Pedro le diga a San Juan:
“Ahí viene un toro pesado”.
Adornen mi tumba entera
con goma y ramas de mota
y quiero, si se pudiera,
que me entierren con mi troca
para que vean que la tierra
no se tragó cualquier cosa…
Los autores de los corridos de la Revolución se formaron en la rima y la acústica del romanticismo, y poseían cierto don metafórico; los compositores y letristas de los narcocorridos no suelen disponer de los mínimos requerimientos técnicos, no pretenden la rima y –más o menos– las metáforas los tienen sin cuidado. Lo sepan o no, su perspectiva es sociológica, nada de “Despedida no les doy, / porque no la traigo aquí, / se la dejé al Santo Niño / y al Señor de Mapimí. / Se la dejé al Santo Niño / pa que te acuerdes de mí”. En los narcocorridos, la despedidera, tan esencial en el género, es un lugar común que rastrea en la poesía popular el sitio de los epitafios vanidosos. El narco quiere un lugar en el infierno. El grupo Los Tucanes de Tijuana, muy popular, canta “El puño de polvo”:
Cuando me muera no quiero
llevarme un puño de tierra,
échenme un puño de polvo
y una caja de botellas,
pero que sean de Buchanan’s
y el polvito que sea de reina…
Cuando esté en el más allá
procuraré a mis amigos,
para invitarles a todos
un agradable suspiro,
y haremos una pachanga
pa que nos cante Chalino.
¿A qué distancia se está de José Alfredo Jiménez y su “cuántas luces dejaste encendidas, / yo no sé cómo voy a apagarlas”? La despedida de los narcocorridos se olvida de “la brega de eternidad” y se atiene a la praxis:
Adiós pistolas famosas,
también bar “El Navegante”,
tú presenciaste la muerte
del mentado comandante,
si no pueden ni se pongan
con un narcotraficante.
(Corrido “Los dos rivales”, Grupo Exterminador.)
La Banda del Carro Rojo
En el marco del narcotráfico, las canciones se vuelven el horizonte utópico que impone el culto del relajo. Así, la Onda Grupera celebra el auge y el ocaso y la resurrección musical de los mariguaneros, y desde su aspecto, irremisiblemente “norteño”, los gruperos son uno y lo mismo con los oyentes. Salieron de San Isidro cargados de yerba mala, y los casettes son la otra trepidación “ideológica y literaria” en carreteras y fondas y restaurantes que parecen fondas y cabaretuchos donde los numerosos Emilios Varelas de los corridos oyen las peripecias de sus semejantes, que van de los sembradíos “heterodoxos” a la sorpresa ante la llegada de los federales. Esto revitaliza al corrido, cantar de gesta a su manera, género que se creía extinguido o sólo apto para los aniversarios de Villa y Heraclio Bernal, y que en la década de 1980 se consigue clientela fidelísima. El Norte mexicano patrocina las canciones que transmiten proezas (lo que su público califica de proezas). Véase parte de la letra de un corrido paradigmático:
Me gusta andar por la sierra,
me crié entre los matorrales,
allí aprendí a hacer las cuentas
nomás contando costales.
Me gusta burlar las redes
Que tienden los federales.
Muy pegadito a la sierra
tengo un rancho ganadero,
ganado sin garrapatas
que llevo pa’l extranjero.
¡Qué chulas se ven mis pacas
con colitas de borrego!
Los amigos de mi padre
me admiran y me respetan,
y en dos y trescientos metros
levanto las avionetas.
Me dicen el Tres Calibres,
manejo las metralletas…
(De “Pacas de a kilo” de Teodoro Bello, interpretado, entre otros grupos, por Los Tigres del Norte.)
¿Hay en los corridos apología del delito y la delincuencia? Más bien son formas de la nota roja, recordaciones irónicas y funerarias de los que, para abrirse paso hasta el palacete que les toque, violan la ley y disminuyen en lo que pueden el crecimiento demográfico. “Por causa de la amapola, las tremendas metralletas”.
Más vale impune y rico que pobre y encajuelado
Si eres pobre te humilla la gente.
Si eres rico te tratan muy bien.
Un amigo se metió a la mafia
porque pobre ya no quiso ser.
Ahora tiene costales de sobra,
por costales le pagaban al mes.
Todos le dicen El Centenarco
por la joya que brilla en su pecho.
Ahora todos lo ven diferente,
se acabaron todos sus desprecios.
¿Es la antiépica un género? En el narcocorrido no se insinúan siquiera los sentimientos de la epopeya, ni juego literario que permita hablar de lírica. Ningún narco es capaz de hazañas y lo suyo es la disminución salvaje del valor de la vida humana, completada con la exhibición del mayor dispendio como última voluntad del condenado. No hay para los narcos la retirada de los Diez Mil o la Toma de Torreón o la burla de la Expedición Punitiva del ejército norteamericano contra Pancho Villa (“¿Qué se creían esos americanos? / Que combatir era un baile de carquís. / Con la cara abierta de vergüenza / se regresaron corriendo a su país”). No se registra tampoco el “porque matar un compadre / es ofender al Eterno”. Lo que otorga el tono estrictamente sociológico al narcocorrido es su sinceridad autobiográfica, la de los testigos participantes que le dan la información básica a los rápsodas de sus vidas y muertes inminentes. Cantan Los Rayos el corrido “Negocios prohibidos”:
Me gusta la vida recia,
si así ya soy,
es herencia de mi padre
que estos bisnes me enseñó.
Me sobran billetes verdes,
También viejas de a montón.
Y cantan Las Voces del Pacífico “El Corrido de la Pacific”:
Si alegres van escuchando
toda clase de canciones,
mi admiración a sus carros
y también las tradiciones
de esas preciosas modelos
que traen llenas de pasiones.
Más que celebración del delito, los narcocorridos difunden la ilusión de las sociedades donde los pobres tienen derecho a las oportunidades delincuenciales de Los de Arriba. En la leyenda ahora tradicional, los pobres, que en otras circunstancias no pasarían de manejar un elevador, desafían la ley de modo incesante. El sentido profundo de los corridos es dar cuenta de aquellos que por vías delictivas alcanzan las alturas del presidente de un banco, de un dirigente industrial, de un gobernador, de un cacique regional felicitado por el Presidente de la República. Al ya no inventar personajes de todos llorados, los narcocorridos relatan de modo escueto la suerte de compadres, hermanos o primos. Para ellos, ya fenecidos o que al rato bien pueden morirse, aquí les va la despedida. ¡Qué joda! Ni en el delito dejan de existir las clases sociales. La impunidad es el manto invisible de los que, al frente de sus atropellos y designios delincuenciales, todavía exigen prestigio y honores.
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Hasta hace poco, se veía con indiferencia o como parte de la picaresca inevitable a los narcocorridos. Las matanzas diarias que desde 2007 por lo menos devastan el país, muy especialmente la Frontera Norte, las estadísticas funerarias en Tijuana, Ciudad Juárez, Culiacán y Chihuahua, modifican la impresión de los narcocorridos. Son ya historia los mariguaneros que querían ser simplemente trabajadores de mercancía prohibida; ahora el narcotráfico es la amenaza más despiadada que se ha conocido. (La desigualdad no es una amenaza, sino una realidad monstruosa desde siempre.) Los casi sesenta asesinados en Tijuana a lo largo de cinco días son uno de tantos hechos que aniquilan la noción folclórica del narco pobre que vive y muere en la ignorancia de su destino. Los narcocorridos se van desvaneciendo porque ya razón de ser se volvió la realidad que no admite el sentido del humor. Conviene, oh folcloristas, disponer su entierro y la sepultura legendaria de Camelia la Texana y Emilio Varela.
“¿A que no sabes quién salió en la nota roja?”
“El pueblo mexicano –escribió célebremente Carlos Pellicer– tiene dos obsesiones: el gusto por la muerte y el amor por las flores”. Sin afán de contradecirlo, si el amor por las flores prosigue, ya vuelto preocupación ecológica, el gusto por la muerte, si alguna vez existió, se diluye en medio del diluvio informativo: asesinatos, robos, secuestros, asaltos, familias que son nidos de escorpiones, obispos asesinados en la confusión de los aeropuertos, crímenes de la pasión gélida. La televisión, al censurarla, le quita a la nota roja su condición nacional y la deja librada a los reportajes amarillistas, los comentarios locales y regionales, la espectacularidad que no deje duda. Ya sólo en casos excepcionales la nota roja será de nuevo el eje de las conversaciones, la fuente de la ejemplaridad negativa, el punto de arranque de una “estética” de la desmesura, pero siempre la naturaleza humana (en este contexto el otro nombre de lo imprevisto o de lo calculado con resultados funerarios) se las arreglará para no dejar que agonice un género que, de la pequeña historia de Caín y Abel al escándalo de la Banca Ambrosiana, se las ha ingeniado para entretener, asustar, aleccionar. Siempre, a la vista de una tragedia, alguien dirá: “¡Oh muerte! ¿dónde está tu aguijón?, ¿y dónde, oh sepulcro, tu victoria?”.
Del “levantón” de algunas hipótesis sobre el narco
Las fotos y las escenas televisivas sí honraron la frase “darle la vuelta al mundo”. Policías y soldados protegen a los niños de un colegio de Tijuana que oyen los disparos intensos a un par de cuadras, en otro de los enfrentamientos del crimen organizado y las autoridades todavía confundidas. En 2008, otro año de gracia y desgracia, el narcotráfico sojuzga las conversaciones en y sobre el país, y propone un vocabulario especializado:
levantones: secuestros ostentosos cuyo fin único es la eliminación de alguien con “deudas” con algún cártel;
secuestros: industria delincuencial en pleno desarrollo, la más sucia y abominable de todas, el nuevo gran temor de las sociedades latinoamericanas;
maquila del secuestro: grupos de hampones menores que secuestran casi al azar, fiándose de la apariencia (aspecto, automóviles, relojes, colonias residenciales) y le “venden” luego el “botín” a un grupo organizado;
pozolear: meter la cabeza de un asesinado en un baño de ácido y seguir así hasta desaparecer el cadáver (“Que no queden huellas”).
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La “humanización” posible del narco se ha centrado en la anécdota. En cualquier momento surge en las reuniones la compilación anecdótica que desatan las preguntas clásicas: “¿Te acuerdas de Juan Alberto, el hijo de la señora Pérez (o Gutiérrez o Hernández o López o…)? Pues lo mataron hace unas semanas, lo torturaron feísimo, ahora me explico sus viajes tan seguido a Las Vegas, y eso que era de Celaya”. O bien: “Antenoche levantaron a…”.
Un prólogo de la “etapa moderna”: el asesinato del Gato Félix
En 1988, al salir de su casa a las ocho de la mañana, a Héctor Félix, El Gato, columnista del semanario Zeta, muy agresivo y de énfasis vulgar, lo asesinan dos pistoleros, uno de ellos Jorge Vera Palestina, identificado con rapidez. Vera y su cómplice huyen al Hipódromo de Tijuana, propiedad de Jorge Hank Rhon, y la policía, carente durante 48 horas de órdenes de allanamiento, al entrar descubre, oh sorpresa, que los asesinos se han ido.
Vera Palestina es el jefe de escolta de Hank Rhon, y nadie duda de quién dio la orden. Se sabe de la campaña del Gato contra Hank Rhon, de sus insinuaciones sobre la circulación de droga en el Hipódromo, del modo en que la amistad entre ellos se volvió odio frontal. El director de Zeta, Jesús Blancornelas, no duda: el responsable es Jorge Hank; luego, lanza por años una campaña donde, en anuncio de plana entera, el Gato Félix pregunta: “¿Por qué me mataste, Jorge Hank?”. Según Blancornelas, Carlos Hank González, el padre de Jorge, se propone adquirir su silencio, pero esto no resulta posible. El juicio se alarga y nada pasa; tres años después del crimen, Vera Palestina es detenido, nada pasa. Sin embargo, durante unos años el Gato Félix es un símbolo de la libertad de expresión y Los Tigres del Norte le dedican un obituario musical muy exitoso.
En 2004 Hank Rhon, pese a la campaña de recordación del Gato Félix, es alcalde de Tijuana, ¿y por qué no?: es un junior (alguien que le debe todo al apellido, y no tiene deuda alguna consigo mismo); es impune, algo que va con la clase social; quiere ser político porque sus quinientos o seiscientos millones de dólares (declarados) le dejan tiempo suficiente para derrochar el modesto millón de dólares que anunció para su promoción electoral; es contrabandista de animales “exóticos”; es un fracaso mayúsculo como empresario (el hipódromo de Tijuana, cerrado).
A propósito del Gato Félix, Hank Rhon asegura: “En mi criterio (sic), mi guardaespaldas Antonio Vera Palestina es inocente del asesinato del periodista Héctor Félix Miranda. Luego del crimen sólo una vez hablé con Vera en el juzgado penal. Soy respetuoso de la ley, pero en lo personal pienso que Vera Palestina es inocente. En el Juzgado, cuando me hicieron el favor de invitarme a un careo, nada más lo saludé y le dije: Échale ganas, mantén tu entereza y finalmente, si es o no correcto lo que está sucediendo, tú dedícate a ti mismo y ponle ganas a la vida. Obviamente le mando saludos y le digo siempre lo mismo, que me apena su situación, que sigo creyendo que hubo ahí un pequeño error legal (sic), pero finalmente, yo soy respetuoso de la ley. Vera Palestina fue durante muchos años mi jefe de seguridad y además mi compadre, pues bauticé a dos de sus hijos… He estado muy al pendiente de su familia y siempre que van a verlo mando saludos de mi parte. Te digo que su hija es mi ahijada y su hijo es mi ahijado. No me preocupa en lo absoluto que se me involucre con la muerte de Félix Miranda, pues jamás hubo una prueba en mi contra. ¿Que si le di dinero a Vera Palestina para que matara a Félix y después huir? Sí, durante muchísimo, fue mi empleado, por supuesto que recibió dinero de mí, él estuvo asalariado durante muchísimo tiempo conmigo” (en Frontera, febrero de 2004, nota de Daniel Salinas y Manuel Villegas).
La masificación de la tragedia
De 1988 a 2006 se dan los éxitos policiacos inevitables, se decomisan toneladas de mariguana y cocaína, los jefes policiacos se retratan junto a la yerba y el polvo malignos, los abogados de narcos perecen interminablemente, se matan periodistas y jefes policiacos. También, rito de purificación, se insiste en el avance victorioso de la lucha contra la delincuencia, hay visitas a Washington, el zar de las drogas en Estados Unidos felicita por su destreza al gobierno de Zedillo o al de Fox, se hace lo que se puede pero nunca se especifica lo que se hace.
Luego del Caso Camarena la prensa va registrando capos de personalidad por lo común concentrada en el nombre: los Arellano Félix (Francisco Rafael, Benjamín, Francisco Javier y Enedina, cuatro de los diez hermanos), Juan José Esparragoza El Azul, Amado Carrillo El Señor de los Cielos, Vicente Carrillo Leyva, Ismael Zambada García El Mayo, Héctor El Güero Palma y Joaquín El Chapo Guzmán.
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Carlos Salinas, Presidente de 1988 a 1994, se educó para triunfar y su carrera habría sido esplendorosa de no irrumpir la nota roja en las cuestiones de Estado. La ofensiva inicial se da en Jalisco. En 1993, el cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo es asesinado en el aeropuerto de Guadalajara en una “muerte accidental en un fuego cruzado entre dos bandas de narcotraficantes”, porque, es la primera versión de la PGR dirigida por el doctor Jorge Carpizo, al cardenal se le confunde con Joaquín El Chapo Guzmán. El cardenal ha sido obispo de Tijuana donde, según numerosas versiones, fue confesor de la madre de los Arellano Félix. Instruida por el presidente Salinas, la Jerarquía acepta al principio la versión de Carpizo; el cardenal Juan Sandoval Íñiguez, sucesor de Posadas, se pliega y se repliega y luego lanza acusaciones ocasionalmente dirigidas a Salinas de Gortari. Se le piden pruebas, no las entrega, se revisa el caso, no se confirman las hipótesis de don Juan y él, impertérrito, vuelve a la carga. Por lo demás, los expedientes son asunto de los hombres, no de los representantes de Dios sobre la tierra.
La investigación señala la presencia de sicarios de los Arellano Félix en el avión que vuela de Guadalajara a Tijuana, y se subraya un hecho: Posadas acudió al aeropuerto a recibir al nuncio papal. Luego, un escándalo devocional: se revela la presencia en la nunciatura de Ramón Arellano Félix. Según el relato nunca desmentido, el presidente Salinas llama al procurador general Jorge Carpizo un domingo de 1993 y lo cita en Los Pinos. Allí están el presidente y el nuncio papal Girolamo Prigione con un mensaje de Ramón Arellano Félix, el más violento de la familia, que ha estado en la nunciatura para pedirle al enviado papal su intervención.
Arellano Félix ofrece entregarse pacíficamente a cambio de una entrevista personal o privada con Salinas. Carpizo señala: “Un presidente no se entrevista con delincuentes”. Salinas apoya el razonamiento. Monseñor Prigione no insiste, y Carpizo reafirma su teoría de la confusión.
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Dos acontecimientos que por razones de espacio sólo me permiten una alusión. Del sexenio lo más relevante desde el punto de vista de la espectacularidad son dos asesinatos de 1994: el de Luis Donaldo Colosio, candidato del PRI a la Presidencia, y el de José Francisco Ruiz Massieu, dirigente del PRI y excuñado de Carlos y Raúl Salinas. El balazo que Mario Aburto le dispara a Colosio el 23 de marzo de 1994, un hecho muy relevante, se ahoga casi de inmediato en un duelo de abstracciones entre la Teoría de la Conjura y la Tesis del Asesino Único. El magnicidio, como se le llama en los primeros días, desaparece como tema central al enjuiciarse popularmente a quien, supuestamente, lo hizo. Y el fenómeno trae consigo la intuición popular. A los dos días del fallecimiento de Colosio, en las escuelas primarias y secundarias del país cunde un chiste: “¿Quién mató a Colosio? / Uy, ¡está pelón decirlo!”. La responsabilidad de Salinas no parte de hechos comprobables sino del dogma del presidencialismo. Si “no se mueve una hoja del árbol sin la voluntad del Señor”, una victimación de esas dimensiones debió ser aprobada por el dueño del país.
Desde el primer día, Colosio no resulta el estadista abatido por las balas sino La Víctima Perfecta, circundada por dos grandes preguntas: ¿Quién fue y por qué? La Víctima borra al estadista posible o probable, al Héroe que el PRI propuso al comienzo. A Colosio se le reconocen virtudes personales (cordialidad, decencia, franqueza, simpatía), pero no cuajan los esfuerzos por imprimirle otro relieve, el del Santo Laico, el Renovador. No deja un caudal teórico o ideológico discernible, leía bien los discursos que otros le hacían y hasta allí, y al improvisar era muy reiterativo. En el PRI su contribución máxima es la tesis del liberalismo social, ideada por el entonces presidente Salinas y formulada a tropezones por los asesores de Colosio, luego de una lectura rápida de Jesús Reyes Heroles. Es curioso: ¿quién ha mencionado en este tiempo el impulso a la teoría política del invento del liberalismo social, fundamento ideológico del PRI y de México, como aseguró Colosio durante la semana aguerrida que duró su hallazgo? Nadie, absolutamente nadie. Como teórico, Colosio pasa inadvertido.
La Teoría de la Conjura se fundamenta en el discurso de Colosio el 6 de marzo y en “la reflexión tremenda y valiente allí contenida”. Es posible también extender otros elementos de juicio: a) Colosio es un beneficiario connotado del Dedazo, de la voluntad única de Salinas de Gortari; b) Colosio encabeza la campaña del partido que comete el gran fraude en 1988, el partido monopolista de todas las ventajas, con el magno aparato clientelar y caciquil de la República a su entera disposición. Se interpreta el discurso del 6 de marzo como el enfrentamiento audaz con Salinas, y a lo mejor sí lo fue, pero, para empezar, no es un texto de Colosio, sino el mayor producto mercadotécnico de su campaña. Según se sabe, el modelo de ese documento se le solicita primero a cuatro grandes compañías publicitarias (extranjeras), con todo y su corte de grupos focales, que optan por copiar el ritmo del discurso de Martin Luther King en Washington: “I have a dream” (“Veo a un México…”). Ya entregadas las propuestas, el equipo de Colosio las sintetiza y elabora otra, entregada a doce notables de la República para sus comentarios. Ajustado al laberinto de consultas y ajustes, queda un documento que, según una versión, se manda a Salinas, para que la revise su ayudante José Córdoba Montoya. Hasta allí el rango de autonomía del candidato de un sistema groseramente ritual que le permite a Salinas describir la inconformidad de otro aspirante a la Presidencia, Manuel Camacho: “Él me dijo que le hubiera gustado saber antes que no iba a ser. En mi experiencia, eso nunca había sucedido en el pasado”.
La polémica, que produce un buen número de libros, se centra en la culpa del expresidente, en las posibles intervenciones del narco, en la conjura, en la intervención de la Nomenclatura (versión Salinas, que hasta entonces había patrocinado la tesis del Asesino Único). A Colosio, cuando se le recuerda, se le ve como el Mártir de una causa jamás especificada.
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Del asesinato de José Francisco Ruiz Massieu se saben los nombres de los cómplices menores, su alejamiento de los Salinas, y muy poco más.
Zedillo, Fox, más vale el gesto enérgico
que la mínima eficacia
De los rasgos característicos del narcotráfico:
1) En las comunidades agrarias persisten las cosechas heterodoxas, las muertes que no cesan, la depredación a cargo de los judiciales, las intervenciones del Ejército, las desapariciones. En su oportunidad, los habitantes de las ciudades fronterizas, además del body count, el reino de las estadísticas funerarias, dispone incluso de residencias con ventanas de troneras para que el propietario, de ser otra persona, se ilusione pensándose Scarface que perece envuelto en las llamas del mito (en la versión magnífica de Howard Hawks, con Paul Muni)… Todo en función del dispendio: si no se gasta de inmediato el dinero se le deposita en ese porvenir que el narco casi seguramente no conocerá.
2) El narcotráfico altera trágicamente las comunidades campesinas, como denotan el índice de muertos y detenidos, la evidencia del cultivo de mariguana, los desastres económicos que suceden a la vigilancia policiaca estricta, el fracaso de los cultivos alternativos. La siembra de mariguana y amapola, de ningún modo reciente, ha sido desde la década de 1980 fuente sistemática de perturbación, incursiones punitivas de los judiciales y del Ejército, asesinatos a mansalva, torturas, saqueos, desapariciones, violaciones. En esta “guerra de baja intensidad” no hay ni descanso ni posibilidades de tregua. El desastre de la Reforma Agraria, el latifundismo nada oculto y el empobrecimiento y la lumpenización en el campo obligan a un vasto número de comunidades a usar los recursos a su alcance, al margen de las consecuencias, porque eso evita o pospone lo más atroz; la miseria extrema. Ante el auge relativo del narco en una parte del campesinado, la pregunta inevitable es: ¿tienen opciones? Al reiterarse la conducta se prueba que no, a menos que se acepte la perversidad intrínseca de los campesinos, hipótesis hecha posible por la manía particularmente clasista y racista de aquella parte de la clase gobernante que aún cree en dar explicaciones.
¿Por qué, no obstante muertos, heridos y encarcelados prosigue el narco en ámbitos rurales? Entre otras cosas, además de la pobreza y la miseria, por la complejísima red de la corrupción que involucra a un sector considerable del aparato judicial y administrativo, y por el agotamiento de las valoraciones éticas en el mundo globalizado.
3) A los campesinos y a los pobres urbanos el narcotráfico les ofrece la movilidad social de un modo veloz y casi sin escalas. De no ser por el narco, ¿hubiesen conocido los capos y los aspirantes a sucederlos la fastuosidad y las vibraciones del poder ilimitado? A las historias individuales las vincula la sensación de arribo a la cumbre inesperada. Los agricultores o comerciantes pobres, los vagos, los clasemedieros a la deriva, tras unos años de ilegalidad reaparecen al mando de ejércitos pequeños y probadamente leales.
¿De qué otro modo esta gente podría triunfar con tal velocidad y contundencia? ¿Qué otra actividad les daría dinero a raudales, desfogues de toda índole, tuteo con los poderosos, legiones de exterminio a su mando, el gozo de manipular el miedo y la avidez de jueces, políticos, funcionarios de la seguridad pública, industriales, “hombres de pro”? Ordenar la supresión de vidas puede ser, y las evidencias son interminables, un deleite supremo, que condimentan la tortura y la humillación sin límites de las víctimas. La matanza de los rivales que es parte de la profesión de los narcos es requerimiento del control de mercados, pero es también la feroz compensación psíquica: “Quizás muera convertido en guiñapo, pero antes me llevo a los que puedo”.
4) La mayor incógnita: la avidez con que se acepta el pacto fáustico: “Dame el poder inimaginable, la posesión de millones de dólares, los autos y las residencias y las hembras superapetecibles y la felicidad de ver el temblor y el terror a mi alrededor, y yo me resignaré a morir joven, a pasar los últimos instantes sometido a las peores vejaciones, a languidecer en la cárcel los cuarenta años restantes de mi vida”. La consigna “plata o plomo” es la versión menos sofisticada del intercambio en la cumbre: cédeme tu ilusión de cumplir 90 años y dispondrás de las posibilidades que, al fin, te harán sentirte a gusto contigo mismo.
Si algún oficio niega y justifica a la vez el crime doesn’t pay es el narco, y decenas de miles acometen con fruición este feroz toma-y-daca. ¿Qué explicaciones hay al respecto? El fenómeno de la delincuencia extrema es internacional y, con variantes, ha existido siempre, así no conste en actas cómo Caín sobornó e intimidó a sus jueces, que, persuadidos, fundamentaron mal los cargos en el caso del asesinato de Abel. El narcotráfico refuta las teorías sobre la vocación delincuencial o la predisposición a la violencia. Esto, sin duda, se produce, pero no con ese vértigo ni abarcando a tantos. Más bien, el dinero a raudales genera una atmósfera que involucra en distintos niveles a cientos de miles, cercena las (no muy vigorosas) defensas éticas, destruye en un instante a quienes flaquearon o enloquecieron, erige criterios relativistas en la valoración de la vida humana, genera el cinismo más devastador.
Obsérvense los estilos de vida, las residencias, los automóviles, las manías adquisitivas, la técnica para decorarse (más que para vestirse) de los narcos. En ellos el derroche no sólo es ostentación (todo lo que relumbra es oro), sino el mensaje delirante a los ancestros que nunca salieron del agujero, y a la grisura total que no gobernará ya su comportamiento: “Si gasto de esa manera, si soborno utilizando esta inmensidad de dinero, si me dejo estafar por arquitectos y comerciantes (si no quieren morir pronto, mejor que no lo hagan), si quiero que mis hijos vayan a escuelas de lujo y monten caballos de pura sangre o coleccionen automóviles antiguos, si le regalo a mis mujeres collares de diamantes, es para darme ahora el gusto que, de seguir la ruta previsible, no hubiese conseguido acumulando el esfuerzo de varia generaciones”. ¿Quién dijo miedo, muchachos? Si el pacto atrae con tal fiereza, es por la certeza implícita: “Si tengo el suficiente dinero, no me pasará lo que a los demás”. El gran dinero es el amuleto, el círculo de tiza, la muralla de sortilegios. De allí que los narcos ejerciten sus creencia con el gozo de la perdurabilidad. De acuerdo a numerosos testimonios, los narcos son católicos sincerísimos, que comulgan con fervor, dan enormes limosnas, buscan la cercanía de algún sacerdote, le rezan a la Virgencita, pagan edificios para la formación de sacerdotes, cumplen con los rituales y las mandas, incluso cargan la cruz en Jerusalén en los “narcotours”. Esto no se traduce en arrepentimientos o sensaciones de falta (¿qué narco abjura públicamente de su conducta?), ni evita la mezcla con otras prácticas (hay narcos que se “rayan” en ceremonias de santería para alejar las balas), pero sí ayuda a entender en algo la supersticiones. “Bala detente / cuando empiecen a disparar levanta el séptimo muro de tu mente / Si Dios me absuelve, la policía no me atrapa”.
5) El narcotráfico estimula el ejercicio de la crueldad. El contagio de la violencia no se produce por los programas de televisión (en todo caso allí se aprenden estilos de teatralizar la delincuencia), sino por el abatimiento del valor de la vida humana que el narco genera. No es casual la intensificación de linchamientos atroces en regiones con presencia del narco, ni el desencadenamiento de vendetas, ni la saña inmensa que se ejerce, por ejemplo, en las represiones carcelarias. No todos los crímenes son del narco, ni estas corporaciones inauguran la ferocidad; pero la fiebre del armamento de alto poder y las sensaciones de dominio desprendidas del exterminio se inspiran vastamente en la psicología del narco. “Si nos toca morir de muerte violenta, ¿por qué voy a reconocer el valor de la vida humana?”. Y en esta “religión de la crueldad” los rituales no se consideran repetitivos porque varían las víctimas.
6) El tema es inagotable, y toda pretensión de abarcarlo tiende a confinarse en la descripción parcial. ¿Qué sucede por ejemplo con el involucramiento en el narco de algunos generales y oficiales? ¿Hasta qué punto el narco ha penetrado en el sistema judicial? ¿Cuáles son sus vínculos con los Medios? ¿A cuántos obispos y sacerdotes benefician las narcolimosnas? ¿Cuál es el nivel real de consumo entre los jóvenes, intensificado según las evidencias? ¿Cuál es el grado de control del gobierno norteamericano sobre el mexicano a partir de las presiones diarias y el juego de la certificación? Por lo demás, y como en las películas antiguas, hoy o mañana o la semana próxima un narco poderoso es detenido, y un joven audaz decide reemplazarlo en la jerarquía criminal.
7) Asesinatos, evidencias del lavado de dinero, presencias “del más alto nivel”. ¿Cuántos viven en el país del narcotráfico? No hay cifras, ni siquiera las clásicamente inconfiables, y el cálculo más frecuente es de (por lo menos) un millón de personas beneficiado por sus operaciones. ¿Cuál es la proporción de los traficantes y sus cómplices menores detenidos en relación al narcogentío en libertad: uno a cuatro, uno a diez? ¿Cómo establecer el número de comunidades campesinas y de agricultores que participan en la siembra de mariguana? ¿A cuántos el lavado de dinero les permite la entrada en la buena sociedad? ¿Cuántos jóvenes, adolescentes y niños se emplean de “burros” (conductores de la droga)? ¿Es cierto que los narcos acaparan más de un millón 700 mil hectáreas en el país? ¿Hay setenta mil puntos de venta del narcomenudeo en la Ciudad de México? ¿Cuántas pistas aéreas clandestinas existen: mil quinientas o dos mil o tres mil? (depende de lo que se entienda por pista aérea).
En cuanto a imágenes públicas (lo único de lo que hasta ahora se dispone rigurosamente), un narco es la copia violenta y muy real de la fantasía de los gatilleros en el cine de Hollywood, reelaborada por el kitsch. La especie contigua, los narcojuniors, muy localizables en Tijuana, son ya un giro estilístico, de Gucci y Hugo Boss en adelante, de viajes a Las Vegas para ver los shows, de trato incestuoso con sus autos de carreras. Sin embargo, es muy improbable que consoliden una imagen.
El que muere al último todavía no ha nacido
¿Qué tanto cambia, a resultas del narco, la vida cotidiana de un amplio sector de la población? Si, como se ha señalado, el número de narcos detenidos es apenas inferior al de todos los empleados de las tiendas departamentales de la nación, 60 mil 436 según el Inegi, ¿no avisa ya este pequeño conglomerado de un “ejército delincuencial” en México? (Para no infligir humillaciones innecesarias, no mencionamos el número de los que trabajan en México en asuntos de difusión cultural: apenas llega a 26 mil 456).
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De golpe, el narcotráfico resulta el magno espectáculo lateral que la sociedad ve con terror y morbo, con alivio (“Hoy no me mataron”) y depresión (”Hoy siguieron matando”). Sí, ya están al tanto, la mayoría no hará huesos viejos pero tampoco llevarán la existencia inerte y sacrificada de sus padres y abuelos.
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La “economía del crimen” es también la “economía de la moral a la disposición”. Una de las peores consecuencias del narco es darle la razón a los adeptos al aforismo: “el ser humano es una caña rentable”. En la nómina del narco figuran, como se ha visto, gobernadores, generales, jueces, agentes del Ministerio Público, presidentes municipales, jefes policiacos (en torrente), tal vez clérigos encumbrados, probablemente secretarios de Estado, líderes sindicales. El poder de compra es el complemento clásico del poder de aniquilamiento.
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Los signos del dominio del narco suelen multiplicarse; funcionarios desaparecidos en olor de corrupción, suicidios “inexplicables” de funcionarios, balaceras en hoteles de lujo, abogados que portan veinte tarjetas de crédito, atentados a funcionarios como socios traicionados, comerciantes modestos que en diez años se hacen de fortunas para ellos mismos inconcebibles, gobernadores que huyen con tal de no perjudicar su inocencia, burgueses “de la mejor sociedad” que esperan del lavado de dinero lo que no les conseguiría su talento financiero, jóvenes ansiosos de salir del ghetto del billar y el asalto a pequeña escala, animadores de televisión que distribuyen polvos en los pasillos de sus empresas para auspiciar la risa, mujeres atractivas que negocian sus favores en contextos de riesgo, periodistas que no ven nada malo en nunca ver nada malo, empresarios hoteleros que jamás indagan el origen de la fortuna de sus socios repentinos, figuras medianas del espectáculo incapaces de fijarse en el comportamiento de sus amigos más generosos, dueños de agencias automovilísticas que necesitan del circulante de clientes inesperados… El repertorio es muy vasto.
2006-2009: Las cabezas cortadas del “otro Estado”
Desde el primer momento, el presidente Felipe Calderón, que toma posesión entre múltiples acusaciones de ilegitimidad, levanta su causa primordial, en rigor la única: el combate al narcotráfico y la recuperación de la seguridad pública. Si estas metas son incontrovertibles, los métodos para obtenerlas han resultado fallidos, tal y como reiteran las decenas de ejecuciones diarias (no nada más de narcos), las denuncias sobre violaciones a los derechos humanos por parte de elementos del Ejército y de la Policía Judicial, y la franca ineficacia en el control territorial. ¿Qué pasa en este periodo?
–Se desata la guerra entre los cárteles, con un costo altísimo de vidas y con la intervención, de un lado y de otro, de la policía y la Policía Judicial.
–Surgen personajes de una violencia atroz, como el Pozolero de El Teo, detenido el 24 de enero de 2009, que en un galpón de Tijuana y a lo largo de una década, disuelve cerca de trescientos cadáveres en grandes ollas con ácido. Santiago Meza López, de cuarenta y cinco años, dijo trabajar para el capo Teodoro García El Teo, que le pagaba ocho mil pesos a la semana.
–Se extienden los secuestros, que vuelven invisibles zonas del campo y de las ciudades. Se fijan los rescates en cantidades relativamente pequeñas o, más probable, en sumas apreciables de dólares. Un secuestro que conmueve de modo especial: el del joven Fernando Martí, asesinado en junio de 2008, no obstante que su familia había pagado el rescate. Los secuestros indignan y, en respuesta, algunos familiares de los secuestrados y victimados se han propuesto organizar a la sociedad civil.
–En las ciudades medianas, la impunidad de los narcos es notable. Entran a una disco, la cierran y obligan a las jóvenes presentes a bailar con ellos; vandalizan una fiesta y deshacen la reunión a tiros.
–Ser jefe policiaco o judicial, ser abogado de narcos, es disponer de la vida a corto plazo. En Monterrey, Chihuahua, Ciudad Juárez, Sinaloa, Michoacán, hay veintenas de asesinados.
–Se afirman los grupos: los Zetas, la Familia de Michoacán, el Cártel del Golfo, La Línea.
–No es fácil escapar a la fiebre del protagonismo, y los capos también se aficionan a la condición protagónica. Una táctica, la más atroz: grabar las torturas y las muertes de sus rivales apresados. A YouTube se envían el interrogatorio y las decapitaciones de un grupo de Zetas capturado. Otra maniobra favorecida: las narcomantas, mensajes situados en lugares muy visibles donde se previene o amenaza al gobierno.
–Las investigaciones policiacas no suelen ir a lado alguno si es que en rigor empiezan. Con frecuencia, se presenta de inmediato a los “culpables”, que luego demuestran la validez de sus coartadas y aseguran que sus declaraciones provinieron de la tortura.
–La investigación sobre las tres granadas arrojadas en Morelia el 15 de septiembre de 2008, con ocho muertos y más de cien heridos como resultado, desembocan en un punto muerto. Se atribuye el atentado terrorista a La Familia de Michoacán; éstos contestan señalando a los Zetas. Se detiene a tres sicarios de Uruapan que, según dicen, fueron contratados y no saben quién les pagó. El acto dibuja o más bien despliega algunas novedades en materia de sociología y psicología social, de medición de liderazgos, de la abolición drástica en un sector de lo que se conocía por ética y por moral.
–Hay hechos estremecedores. Un ejemplo límite: el 12 de septiembre de 2008 se encuentran los cadáveres de veinticuatro albañiles en La Marquesa, aunque fueron victimados en Ocoyoacac. En su mayoría son menores de treinta años y hay uno de catorce años de edad. Al principio, la policía del Estado de México quiere presentar la matanza como resultado del pleito entre grupos del narcomenudeo. La hipótesis no se sostiene. “Ni pelones ni zetas ni policías ni sicarios ni narcomenudistas”, se afirma en el periódico Milenio, los ejecutados de La Marquesa eran albañiles de comunidades pobres que construyeron un narcotúnel en Mexicali para el cártel de Sinaloa. El túnel, de 150 metros de longitud, seis metros de profundidad y metro y medio de diámetro, contaba con sistemas de iluminación, ventilación y aire acondicionado, así como un elevador.
–Otra matanza inconcebible: la de Creel, pueblo de la sierra de Chihuahua, el 16 de agosto de 2008. A una fiesta familiar llega un comando armado de cerca de doce personas, según algunos del cártel del Chapo Guzmán, o del grupo La Línea. Tarda más de tres horas la presencia de la policía. Son trece muertos (…).
Los exterminadores buscan a dos de sus enemigos, los localizan, los ejecutan y, de paso, asesinan a otras once personas, porque en su lógica su vínculo mayor, más consistente con la sociedad (con “los demás”), son las armas. Matan como si conversaran, matan para dialogar con la realidad y, en su caso, esto no es metafórico sino parte del ordenamiento natural.
La intervención creciente del Ejército, elemento clave en la ofensiva de Calderón, resulta contraproducente a juzgar por el cúmulo de protestas. En las Comisiones de Derechos Humanos abundan las denuncias por violaciones de mujeres y allanamientos domiciliarios que llevan a cabo oficiales y soldados. Además, todo a la vez, se acrecienta el fenómeno de los paramilitares, brotan por doquier grupos de autodefensa, se arman las comunidades y los equipos de protección privada son un gran ejército fragmentado. A diario continúan las matanzas y los hechos escalofriantes: un jefe policiaco y su esposa asesinados y sus cuatro hijos quemados vivos; un periodista enterrado vivo; incursiones en bares donde se asesina a los asistentes (probablemente con la consigna medieval por delante: “Dios discernirá entre justos e injustos”); ejecuciones en sitios públicos al mediodía, cabezas cortadas que se arrojan a las puertas de instituciones de justicia. Los más de quince mil muertos de las guerras del narco que se contabilizan en el sexenio de Calderón aún no apuntan en lo mínimo a la eficacia de la estrategia gubernamental. El temor sustituye a la presunción (“Esto no es cosa mía, que se maten entre ellos”).

domingo, 13 de septiembre de 2009

LOS BUITRES QUE VIVEN DE LA MUERTE

Ciudad Juárez: Vivir de la muerte
MARCELA TURATI
Ciudad Juárez es la capital mundial del homicidio doloso, producto de los levantones, las ejecuciones, las batallas campales entre bandas rivales, los heridos rematados en ambulancias u hospitales, los funerales y sepelios ensangrentados por venganzas. En medio de todo, florece el negocio de los buitres, agentes funerarios que están a la caza de los familiares de víctimas. Aquí, la única paz está en los cementerios, donde reposan juntos policías y sicarios…

CIUDAD JUÁREZ, CHIH.- En esta ciudad una persona muere asesinada cada dos horas con 15 minutos. En 10 días han muerto 112. Al término de hoy habrán fallecido al menos once personas. Once bultos tirados en la calle como fiambres. Once futuros destrozados y familias enlutadas.

Aquí la canción del paisano Juan Gabriel resultó profética. En dos años, Ciudad Juárez se convirtió en "la número uno", la nomber uan en número de homicidios dolosos, no sólo de México, del mundo entero.

A pesar de la crisis económica y de la inseguridad, la industria de la muerte se encuentra en apogeo. Por la oleada de violencia han florecido empresas funerarias de varios pisos, grandes como hospitales, dignas para abastecer la demanda de la nueva capital mundial de homicidios. Mención aparte merecen dos de ellas: el Recinto Funerario Latino Americana, un edificio de tres pisos de mármol, y Mausoleos Luz Eterna, que alberga en sus instalaciones un templo con capacidad para 350 personas cómodamente sentadas, estacionamiento para 250 autos y espacio para 64 mil urnas funerarias.

Sea o no que las establecieron por coincidencia, como afirman sus gerentes, las funerarias tienen clientela asegurada a futuro si se toma en cuenta que entre 2008 y 2009 los panteones tuvieron que abrir 3 mil 200 nuevos espacios para sepultar a los ejecutados (en su mayoría, hombres de entre 20 y 35 años), una verdadera masacre para una ciudad que no alcanza millón y medio de habitantes.

Por el ritmo de los asesinatos, los cementerios municipales están alcanzando su cupo máximo y algunos días las caravanas fúnebres tienen que esperar su turno para enterrar a su ser querido, no vaya a ser que se topen con carrozas del bando rival. La morgue sigue colapsándose.

La guerra desatada por el gobierno ha incubado personajes como los buitres, unos seres vestidos de color oscuro que, en representación de las funerarias, se disputan a los muertos para ofrecerles sus últimos servicios. A ellos se les puede ver haciendo guardia afuera de la Procuraduría de Justicia, husmeando en la escena del crimen para recabar datos de su futuro cliente, timbrando en la casa del difunto, paseando por los pasillos de la unidad de homicidios, camuflados entre los deudos o tramitando el rescate de algún cadáver atorado en algún embotellamiento en el Servicio Médico Forense (Semefo).

Se les reconoce por su discreción, su ropaje oscuro, su camisa formal y de manga larga, sus botas negras puntiagudas y su look de haber salido de un velorio.

El miércoles 9 de septiembre, cuatro de ellos fueron vistos al lado de una mujer que gritaba enloquecida por el dolor en la colonia Barrio Alto, a la que su esposo, igual de quebrado, inmovilizaba con un fuerte abrazo para que no se enfrentara a los soldados que le impedían llegar hasta donde yacía su hijo acribillado.

El cuarteto se mezclaba entre los metiches, los vendedores ambulantes de paletas heladas y los periodistas que siempre husmean detrás de la cinta plástica de color amarillo que impide el paso. Esperaban el momento de entrar en acción hasta que uno de ellos, el más vivales, se les adelantó a todos y apareció junto a los familiares, presentándose y extendiéndoles una tarjeta.

"Funeraria Ríos está para servirles", dijo el buitre al padre del muchacho ejecutado, a quien apalabraría en segundos para verlo dos horas más tarde, cuando fuera a identificar el cadáver de su hijo, y aprovecharan para cerrar el trato por servicios funerarios.

La disputa entre cárteles ha trastocado también a los gremios de los embalsamadores, los panteoneros, los músicos, los rescatistas, los médicos y enfermeros. Todos adaptaron su profesión a los nuevos desafíos impuestos por esta carnicería.

El rafagueadero indiscriminado provocó, por ejemplo, que sólo tres hospitales reciban heridos de bala –uno de ellos, el Hospital General, declaró desabasto de sangre por exceso de transfusiones– y originó escasez de médicos porque nadie quiere las vacantes laborales de esta urbe, puntera también en secuestros y extorsiones.

El enfrentamiento entre cárteles que se libra en Ciudad Juárez ha matado más gente que la mafiosa Camorra italiana en una década. Según diagnostica el Consejo Ciudadano para la Seguridad Pública y la Justicia Penal, en esta ciudad mueren 159 personas por cada 100 mil habitantes, cifra con la que supera a países enteros como Sudáfrica o ciudades violentas como Caracas y El Salvador. Se vive una situación similar a la que vivieron hace dos décadas los habitantes de Medellín, o en su momento Chicago y Palermo, que por momentos parecían ahogarse en su propia sangre.

La muerte permite ganarse la vida a unos cuantos, pero no sin riesgos. Estos son algunos de sus testimonios.

Este es un extracto del reportaje que publica la revista Proceso en su edición 1715 que empezó a circular el domingo 13 de septiembre.

martes, 8 de septiembre de 2009

NADAR SIN TRAJE

Por Denise Dresser

Cuando baja la marea nos enteramos quién no trae puesto el traje de baño, escribe Tom Friedman sobre el poder revelatorio de las crisis económicas. Y vaya que la actual desnuda a México. Un país donde 50.1 millones de personas están oficialmente bajo la línea de la pobreza y 19.5 millones no tienen dinero suficiente para comer. Un país capaz de producir una de las fortunas más grandes del mundo junto con tantos que sobreviven con 707 pesos al mes. Un país que descendió dos lugares más para quedar en el sitio 32 de 48 lugares en el índice global de competitividad. Cada vez más rezagado, cada vez más rebasado, cada vez más aletargado, cada vez más pobre. Nadando sin traje en mar turbulento donde sólo las economías capaces de crecer y competir podrán mantenerse a flote.

Durante décadas el petróleo funcionó como salvavidas. Ocultó la desnudez y tapó los defectos y financió el letargo. México logró nadar de muertito, sin verse obligado a patalear más fuerte o a dar brazadas más rápidas que otros nadadores en el mar de los mercados emergentes. Pero ahora comenzamos a descubrir lo que la bonanza petrolera sumergió: nuestra dependencia de un recurso natural no renovable cuya producción va en picada; nuestra dependencia del mercado estadounidense cuyos consumidores se baten en retirada; nuestra dependencia de las remesas cuyo envío cae mes tras mes. México ha sido incapaz de construir motores internos que desaten el dinamismo económico, alienten la inversión, promuevan el empleo o alcen la marea lo suficiente para que los pobres logren montarse sobre ella.

Y la culpa no es exclusivamente de Felipe Calderón o del Programa Oportunidades o de la política social o de la crisis financiera estadounidense o de la caída en las exportaciones automotrices o del alza en el precio de los alimentos. El problema fundamental está en otra parte. En un modelo que privilegia el mantenimiento del corporativismo por encima del crecimiento económico; que enfatiza la distribución por encima de la innovación; que genera incentivos para el crecimiento de la economía informal en vez de reducir su tamaño; que premia clientelas en lugar de construir ciudadanos. Un esquema post-revolucionario creado para repartir en vez de producir. Un sistema de cotos reservados y monopolios avalados y sindicatos apapachados y mercados distorsionados. Un arreglo a través del cual se subsidia de manera creciente a los pobres pero no se generan condiciones para que dejen de serlo.

Como lo explica el libro editado por Santiago Levy y Michael Walton, No Growth Without Equity? Inequality, Interests and Competition in Mexico, la razón del rezago se halla en la persistencia de intereses que han logrado bloquear cambios que harían más productiva y eficiente a la economía mexicana. En la supervivencia de tiburones hambrientos, acostumbrados a vivir de las rentas petroleras, del gasto público, de la riqueza que el Estado mexicano reparte pero no logra multiplicar. En lo que la frase de un experto del Colegio Mexiquense resume: "Los primeros graduados de Oportunidades entran a un mercado laboral deprimido. Felicidades; están educados, alimentados y no hay trabajo".

Y no hay trabajo porque no hay crecimiento económico. Y no hay crecimiento económico porque no ha sido el objetivo principal para la clase política. Por ello se ahonda la distancia entre México y los demás. Por ello la doceava economía del mundo no ha logrado sacar a una quinta parte de su población de la miseria. Según el último estudio elaborado por el Instituto Mexicano para la Competitividad -México está rezagado 26 por ciento en un sistema de derecho confiable y objetivo; 32 por ciento en el manejo sustentable del medio ambiente; 21 por ciento en la existencia de una sociedad incluyente, preparada y sana; 18 por ciento en cuanto a un sistema político estable y funcional; 22 por ciento en sectores productivos de clase global; 20 por ciento en gobierno eficaz y eficiente; 28 por ciento en sectores económicos es vigorosa competencia. Cifras contundentes. Cifras dolorosas. Cifras innegables que se suman a las reveladas por el INEGI y el Coneval que nos pintan de cuerpo entero, hambrientos, pobres, envejecidos. Cifras de un país que necesita remodelarse con urgencia, transformarse con rapidez, fajarse el traje de baño y nadar con vigor.

Nadar de pecho como lo ha hecho Colombia al promover la reelección legislativa y la rendición de cuentas; nadar de mariposa como lo ha hecho Malasia al convertir la construcción de infraestructura en primera prioridad; nadar de crawl como lo ha hecho Brasil, la economía más pujante de la región por su capacidad de atraer la inversión extranjera; nadar al ritmo de Corea del Sur por el énfasis que ha puesto en la educación y la tecnología de punta. Lo que México ya no puede ni debe hacer es seguir flotando. Seguir perdiendo el tiempo. Seguir ignorando su desnudez. Seguir pensando que no es necesario replantear los fundamentos de su economía. La marea ya bajó y atrapó al país sin traje pero con 5 millones de pobres más.











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LLAMADO A HABLAR MAL DE MEXICO

Llamado a hablar mal de México*
DENISE DRESSER

Y en los tiempos oscuros, ¿habrá canto?
Sí. Habrá el canto sobre los tiempos oscuros.
Bertolt Brecht





Hace unos días, el presidente Felipe Calderón criticó a los críticos y convocó a hablar bien de México: "Hablar bien de México, de las ventajas que México tiene… es la manera de construir, precisamente, el futuro del país". Y de allí, siguiendo su propio exhorto, pasó a congratularse porque la tasa de homicidios por cada 100 mil habitantes aquí es más baja que en Colombia, Brasil, El Salvador o Nueva Orleáns. Las ventajas de México quedarán claras cuando decidamos hablar bien del país, concluyó.



Escribo ahora para pedirte –lector o lectora– que hagas exactamente lo contrario a lo que el Presidente exige. Escribo ahora para recordarte que el estoicismo, la resignación, la complicidad, el silencio, y la impasibilidad de tantos explican por qué un país tan majestuoso como México ha sido tan mal gobernado. Es la tarea del ciudadano, como lo apuntaba Günter Grass, vivir con la boca abierta. Hablar bien de los ríos claros y transparentes, pero hablar mal de los políticos opacos y tramposos; hablar bien de los árboles erguidos y frondosos pero hablar mal de las instituciones torcidas y corrompidas; hablar bien del país pero hablar mal de quienes se lo han embolsado.




El oficio de ser un buen ciudadano parte del compromiso de llamar a las cosas por su nombre. De descubrir la verdad aunque haya tantos empeñados en esconderla. De decirle a los corruptos que lo han sido; de decirle a los abusivos que deberían dejar de serlo; de decirle a quienes han expoliado al país que no tienen derecho a seguir haciéndolo; de mirar a México con la honestidad que necesita; de mostrar que somos mejores que nuestra clase política y no tenemos el gobierno que merecemos. De vivir anclado en la indignación permanente: criticando, proponiendo, sacudiendo. De alzar la vara de medición. De convertirte en autor de un lenguaje que intenta decirle la verdad al poder. Porque hay pocas cosas peores –como lo advertía Martin Luther King– que el apabullante silencio de la gente buena. Ser ciudadano requiere entender que la obligación intelectual mayor es rendirle tributo a tu país a través de la crítica.




Ahora bien, ser un buen ciudadano en México no es una tarea fácil. Implica tolerar los vituperios de quienes te exigen que te pases el alto, cuando insistes en pararte allí. Implica resistir las burlas de quienes te rodean cuando admites que pagas impuestos, porque lo consideras una obligación moral. Lleva con frecuencia a la sensación de desesperación ante el poder omnipresente de los medios, la gerontocracia sindical, los empresarios resistentes al cambio, los empeñados en proteger sus privilegios.




Aun así me parece que hay un gran valor en el espíritu de oposición permanente y constructiva versus el acomodamiento fácil. Hay algo intelectual y moralmente poderoso en disentir del statu quo y encabezar la lucha por la representación de quienes no tienen voz en su propio país. Como apunta el escritor J.M. Coetzee, cuando algunos hombres sufren injustamente, es el destino de quienes son testigos de su sufrimiento padecer la humillación de presenciarlo. Por ello se vuelve imperativo criticar la corrupción, defender a los débiles, retar a la autoridad imperfecta u opresiva. Por ello se vuelve fundamental seguir denunciando las casas de Arturo Montiel y los pasaportes falsos de Raúl Salinas de Gortari y las mentiras de Mario Marín y los abusos de Carlos Romero Deschamps y el escandaloso Partido Verde y los niños muertos de la guardería ABC y los cinco millones de pobres más.




No se trata de desempeñar el papel de quejumbroso y plañidero o erigirse en la Casandra que nadie quiere oír. No se trata de llevar a cabo una crítica rutinaria, monocromática, predecible. Más bien un buen ciudadano busca mantener vivas las aspiraciones eternas de verdad y justicia en un sistema político que se burla de ellas. Sabe que el suyo debe ser un papel puntiagudo, punzante, cuestionador. Sabe que le corresponde hacer las preguntas difíciles, confrontar la ortodoxia, enfrentar el dogma. Sabe que debe asumirse como alguien cuya razón de ser es representar a las personas y a las causas que muchos preferirían ignorar. Sabe que todos los seres humanos tienen derecho a aspirar a ciertos estándares decentes de comportamiento de parte del gobierno. Y sabe que la violación de esos estándares debe ser detectada y denunciada: hablando, escribiendo, participando, diagnosticando un problema o fundando una ONG para lidiar con él.




Ser un buen ciudadano en México es una vocación que requiere compromiso y osadía. Es tener el valor de creer en algo profundamente y estar dispuesto a convencer a los demás sobre ello. Es retar de manera continua las medias verdades, la mediocridad, la corrección política, la mendacidad. Es resistir la cooptación. Es vivir produciendo pequeños shocks y terremotos y sacudidas. Vivir generando incomodidad. Vivir en alerta constante. Vivir sin bajar la guardia. Vivir alterando, milímetro tras milímetro, la percepción de la realidad para así cambiarla. Vivir, como lo sugería George Orwell, diciéndoles a los demás lo que no quieren oír.




Quienes hacen suyo el oficio de disentir no están en busca del avance material, del avance personal o de una relación cercana con un diputado o un delegado o un presidente municipal o un Secretario de Estado o un Presidente. Viven en ese lugar habitado por quienes entienden que ningún poder es demasiado grande para ser criticado. El oficio de ser incómodo no trae consigo privilegios ni reconocimiento, ni premios, ni honores. Uno se vuelve la persona que nadie sabe en realidad si debe ser invitada, o el colaborador de una revista a la cual le recortan la publicidad.




Pero el ciudadano crítico debe poseer una gran capacidad para resistir las imágenes convencionales, las narrativas oficiales, las justificaciones circuladas por televisoras poderosas o Presidentes porristas. La tarea que le toca –te toca– precisamente es la de desenmascarar versiones alternativas y desenterrar lo olvidado. No es una tarea fácil porque implica estar parado siempre del lado de los que no tienen quién los represente, escribe Edward Said. Y no por idealismo romántico, sino por el compromiso con formar parte del equipo de rescate de un país secuestrado por gobernadores venales y líderes sindicales corruptos y monopolistas rapaces. Aunque la voz del crítico es solitaria, adquiere resonancia en la medida en la que es capaz de articular la realidad de un movimiento o las aspiraciones de un grupo. Es una voz que nos recuerda aquello que está escrito en la tumba de Sigmund Freud en Viena: "la voz de la razón es pequeña pero muy persistente".




Vivir así tiene una extraordinaria ventaja: la libertad. El enorme placer de pensar por uno mismo. Eso que te lleva a ver las cosas no simplemente como son, sino por qué llegaron a ser de esa manera. Cuando asumes el pensamiento crítico, no percibes a la realidad como un hecho dado, inamovible, incambiable, sino como una situación contingente, resultado de decisiones humanas. La crisis del país se convierte en algo que es posible revertir, que es posible alterar mediante la acción decidida y el debate público intenso. La crítica se convierte en una forma de abastecer la esperanza en el país posible. Hablar mal de México se vuelve una forma de aspirar al país mejor.




Esta es una posición vital extraordinariamente útil pero heterodoxa en un lugar que cambia pero muy lentamente debido a la complicidad de sus habitantes y sus gobernantes. Porque hay tantos que parten de la premisa: "así es México". Tantos que parten de la inevitabilidad. Tantos que parten de la conformidad. Ya lo decía Octavio Paz: "Y si no somos todos estoicos e impasibles –como Juárez y Cuauhtémoc– al menos procuramos ser resignados, pacientes y sufridos. La resignación es una de nuestras virtudes populares. Más que el brillo de nuestras victorias nos conmueve nuestra entereza ante la adversidad". Allí está nuestro conformismo con la corrupción cuando es compartida. Nuestra propensión a compararnos hacia abajo y congratularnos –como lo hace Felipe Calderón– porque por lo menos México no es tan violento como la ciudad de Nueva Orleáns.




Ante esa propensión al conformismo te invito a hablar mal de México. A formar parte de los ciudadanos que se rehúsan a aceptar la lógica compartida del "por lo menos". A los que ejercen a cabalidad el oficio de la ciudadanía crítica. A los que alzan un espejo para que un país pueda verse a sí mismo tal y como es. A los que dicen "no". A los que resisten el uso arbitrario de la autoridad. A los que asumen el reto de la inteligencia libre. A los que piensan diferente. A los que declaran que el emperador está desnudo. A los que se involucran en causas y en temas y en movimientos más grandes que sí mismos. A los que en tiempos de grandes disyuntivas éticas no permanecen neutrales. A los que se niegan a ser espectadores de la injusticia o la estupidez. A los que critican a México porque están cansados de aquello que Carlos Pellicer llamó "el esplendor ausente". A los que cantan en la oscuridad porque es la única forma de iluminarla.




*Esta nueva versión del artículo de Denise Dresser sustituye a la anterior, incluyendo la impresa, que por fallas técnicas y humanas presentaba varias imprecisiones.

martes, 18 de agosto de 2009

EL DEMAGOGO AL DESNUDO

El demagogo al desnudo
ÁLVARO DELGADO
MÉXICO, D.F., 17 de agosto (apro).- Cuando no se ha cumplido ni la mitad del sexenio, y a dos semanas del tercer Informe de Gobierno, es fácil entender por qué Felipe Calderón ordenó borrar todo vestigio de sus promesas de campaña: En un país ensangrentado, económicamente en quiebra y roto socialmente, en el desfiladero, no hay un solo dato del que pueda ufanarse.

Ni siquiera Vicente Fox, que fue una nulidad y sigue siendo un fardo presupuestal para el país con su sueldo vitalicio, hizo lo que Calderón: Mandar cancelar la página de internet de su campaña y disponer que en la del Partido Acción Nacional (PAN) desapareciera todo discurso comprometedor.

Todo para evitar el escrutinio de sus ofertas y el cotejo entre lo que ofreció y la atroz realidad.

El objetivo era muy claro: Apostarle a la amnesia de los ciudadanos. Porque, al cabo de casi la mitad de su gestión, no le queda ni vergüenza.

"Felipe Calderón es el candidato de las propuestas y será el presidente de las soluciones", anunciaba la propaganda en el inicio de la etapa "de contraste" contra Andrés Manuel López Obrador, en marzo de 2006, que en realidad significó el inicio de la miserable campaña de envenenamiento social.

Decía Calderón, el 6 de marzo, en el hotel María Isabel Sheraton, de la Ciudad de México, sobre el relanzamiento de su campaña: "(será) una etapa precisamente entre la propuesta de futuro, un futuro con crecimiento y empleo que representa Acción Nacional, con la propuesta de pasado económico, de endeudamiento, de devaluación, de crisis económicas, que representa López Obrador".

Si ya lo había hecho desde enero, al inicio formal de la campaña, Calderón desplegó a plenitud la demagogia, es decir, halagó las aspiraciones de un sector de la sociedad y explotó también los prejuicios de otro para presentarse como el candidato del futuro, particularmente en el crecimiento económico y la generación de empleo.

Cualquier ciudadano con sentido común y medianamente informado, incluidos quienes son panistas o simpatizantes, concluye que Calderón es, sencillamente, un fracaso. Las propias cifras oficiales --desprovistas de cualquier tendencia o mala fe-- acreditan tan miserable realidad.

Vaya, hasta el propio Calderón podría deponer su arrogancia y sonrojarse ante lo que escribió en su libro El hijo desobediente, de 2006, y lo que ha sido su gestión. Aquí un fragmento:

"Imaginemos ahora el 2012. En mi último informe de gobierno hago un balance de seis años muy intensos. Hay, desde luego, enormes desafíos y retos por enfrentar, pero también evidentes logros que se pueden constatar. Resumo los principales. Cuando asumí la presidencia de la República había unos 50 millones de pobres y 22 millones en pobreza extrema. Hoy hay 35 millones de pobres y 10 millones en pobreza extrema.

"Se ha librado una batalla frontal contra la inseguridad; se ha depurado el Ministerio Público y las policías federales, y hemos encontrado colaboración en algunos estados para depurar los cuerpos policíacos locales; tenemos una policía integrada por elementos de reconocida solvencia moral, que son respetados en sus comunidades y cuyo desempeño vigilan cotidianamente los ciudadanos; ganan un salario digno, son profesionales y saben que van a tener también un reconocimiento digno; por ello hemos bajado los índices de delincuencia considerablemente.

"México es un país de leyes, un país de plena certidumbre, no sólo en los niveles de convivencia sino en la vida económica. El flujo de inversión ha permitido que los últimos tres años hayan sido los de mayor crecimiento económico en la historia contemporánea del país. Por ello se ha cumplido la meta de crear un millón anual de empleos…

"México está mejor que antes en términos de varios indicadores. En 2006 México tenía el lugar 79 en el Foro Económico Mundial de Davos en términos de credibilidad, legalidad, estado de derecho, independencia de los jueces, seguridad pública; hoy ocupa el lugar 35. Falta mucho por hacer, pero evidentemente los pasos que hemos dado nos consolidan como una nación segura para vivir y para invertir, y eso nos ha ayudado a mejorar las condiciones de vida…"

Puede decirse que tiene todavía tres años para concretar estas ofertas, pero él mismo sabe que ni siquiera es seguro que las cumpla…

Apuntes

Eso sí, vienen nuevos impuestos para el hartazgo de la opulenta burocracia que ese individuo encabeza…

domingo, 16 de agosto de 2009

VIOLENCIA DESATADA EN MEXICO

JORGE CARRASCO ARAIZAGA
Paramilitares, grupos de autodefensa, guardias privadas y comunidades armadas surgen por todo el país ante una ola de violencia criminal inédita que ha puesto a México al borde de una explosión social. Ese es el resultado de la fallida estrategia de seguridad pública de la administración de Felipe Calderón, señala Arturo Alvarado, integrante de El Colegio de México y quien coordina una amplia investigación al respecto, de la que Proceso da cuenta en exclusiva. Lo peor, advierte el académico, es que el Ejército ocupa cada vez más espacios de poder, "a sabiendas de que está ante un conflicto real, no sólo de narcotráfico, sino en el largo plazo con la población".

Desde los años inmediatos a la Revolución y a la guerra cristera, México no vivía una violencia homicida como la que ahora padece.

Incontrolables desde hace tres años, las muertes violentas por ejecuciones extrajudiciales, desapariciones forzadas, decapitaciones, tortura y otras expresiones anteriores, pero continuas, como los feminicidios, han desbordado al Estado mexicano.

Ante los altos índices de violencia, son cada vez más los investigadores y especialistas de todo el país que buscan explicar no sólo la violencia del narcotráfico y la reacción punitiva del Estado; también la respuesta violenta que está dando la sociedad.

Al igual que Somalia, Haití, Brasil y –en su momento– Colombia, en México son cada vez más las organizaciones paramilitares, los grupos de autodefensa, las guardias privadas (nacionales y extranjeras) y las comunidades armadas.

"El Estado mexicano ni estaba preparado ni previó que todo esto podía pasar", dice el doctor Arturo Alvarado Mendoza, integrante del Centro de Estudios Sociológicos de El Colegio de México (Colmex), en una entrevista en la que resume los resultados de un amplio trabajo de investigación coordinado por él mismo y que, patrocinado por el Colmex, comenzará a circular en breve en forma de libro. Se intitula ¿Hacia la seguridad nacional? Seguridad nacional y seguridad interior en el siglo XXI, del que Proceso ofrece adelantos sustanciales en la presente edición. (Ver recuadros).

En la investigación participaron Sergio Aguayo Quezada, Miguel Ángel Castillo y Mónica Serrano, del Colmex; Jorge Chabat, Froylán Enciso y Carlos Montemayor; José Luis Piñeyro, de la Universidad Autónoma Metropolitana; Mónica Toussaint, del Instituto Mora; Javier Treviño Rangel, candidato a doctor por la London School of Economics, y el investigador brasileño Jorge Zaverucha, además del propio Arturo Alvarado Mendoza.

Doctor en ciencias sociales con especialidad en sociología, Alvarado ha estudiado las expresiones de violencia en la sociedad mexicana, sobre todo desde la llegada del Partido Acción Nacional a la Presidencia de la República, y en especial la registrada en "la guerra" de Felipe Calderón contra el narcotráfico.

Señala que más de 14 mil muertos en lo que va del sexenio, un número creciente de desaparecidos y los cada vez menos inusuales hallazgos de cementerios clandestinos expresan los niveles de violencia a los que ha llegado el país. Prácticamente no hay estado que se salve. Si no son feminicidios, son ejecuciones entre narcotraficantes, enfrentamientos de las fuerzas federales con la delincuencia organizada, asaltos a comunidades por parte de milicias u homicidios de todo tipo.

"Estamos en una era de violencia criminal inédita, producida tanto por bandas delincuenciales como por las intervenciones militares y policiacas del gobierno federal", sostiene el académico, cuyas áreas de estudio abarcan seguridad pública, justicia y estado de derecho; parte de sus investigaciones las ha realizado en instituciones de Estados Unidos, Japón y Francia.

Este es un extracto del reportaje principal que publica la revista Proceso en su edición 1711 que empezó a circular este domingo 16 de agosto.

viernes, 14 de agosto de 2009

Carmen, la historia de una agresión impune

SARA LOVERA
MEXICO, DF, 13 de agosto (apro).- Carmen Santiago Hernández, una joven periodista de 35 años quien decidió terminar su relación con Ramón Rubén Mora Peralta, profesor de Educación Física, fue castigada con dureza, golpeada hasta la saciedad el 25 de julio pasado, por ese individuo. Su vida peligra.

El diagnóstico: traumatismo craneoencefálico y edema que produjo infarto cerebral y desprendimiento de masa encefálica. Al momento de escribir estas líneas, Carmen está en coma inducida para ver si logra reaccionar y vivir.

Ramón Rubén Mora Peralta, detenido tardíamente por el Ministerio Público, investigado a bote pronto, fue liberado a las cinco de la tarde el viernes 7 de agosto con una fianza de 80 mil pesos. La investigación elaborada en 72 horas cumplió rigurosamente con el término constitucional, pero estuvo torcida.

Eso vale para las autoridades policiacas de Guerrero la vida de Carmen Santiago; el presidente municipal de Chilpancingo, Héctor Astudillo Flores, le extendió al delincuente una carta de hombre pobre y, de 120 mil, le bajaron a 80 mil pesos esa fianza.

Los motivos de la liberación de Mora Peralta son indignantes. En Guerrero lesiones graves, privación ilegal de la libertad y no cuidados a la salud en momentos de una vida en peligro, no son considerados delitos graves, por tanto quien los comete tiene derecho a fianza. Para el caso tampoco existe el arraigo.

Es decir, en Guerrero no se protege a las personas de los atentados de homicidio, no se investigan los hechos a fondo y no se considera el tamaño de la violencia contra las mujeres, a pesar de los discursos, la firma de acuerdos, los millones de pesos invertidos en promover, extender, ampliar, diagnosticar leyes y alertas.

Nada sirve si debajo de tan preciosos deseos hay fango, corrupción, indolencia, machismo e indiferencia social y gubernamental.

Mientras el golpeador era liberado, el gobernador Zeferino Torreblanca, en ceremonia espléndida en Acapulco, celebraba la firma de un Acuerdo Estatal por la Igualdad de las Mujeres y los Hombres, acuerdos que promueve por toda la República el Instituto Nacional de las Mujeres (INM), de modo que quede claro que aquí no hay discriminación.

Mientras Carmen era sometida al coma inducido, en Acapulco, ese primigenio y conocidísimo puerto de diversión, se departía felizmente porque el estado de Guerrero se sumaba a la igualdad entre hombres y mujeres. En Guerrero, donde el feminicidio no es grave, donde golpes que te pueden llevar la vida, no son graves, en fin.

Lo más grave es que Carmen Santiago Hernández es empleada de la dirección de Comunicación Social del gobierno de Torreblanca Galindo y él fue informado de los hechos muchos días antes de la fiesta en Acapulco.

A pesar de ello, nadie vigiló que se cumpliera simplemente con la ley, con el derecho: ser atendida en el ISSSTE, contar con la seguridad hospitalaria y hacer una limpia y profunda investigación policiaca.

Por el contrario, Mora Peralta, su expareja, pudo manipular la situación. Sacó a Carmen del hospital en complicidad con el director del ISSSTE de Guerrero, para ocultar su brutalidad. La retuvo en una casa, sin atenderla, en horas preciosas para la vida de Carmen, y sólo por la intervención de sus colegas periodistas fue rescatada y, finalmente, enviada a un hospital de tercer nivel de la Ciudad de México.

En tanto se hacían averiguaciones judiciales, lentas y tortuosas. La fiscal especializada para la Investigación de Delitos Sexuales y Violencia Intrafamiliar, Dominga Chávez Pineda, a pesar de las charlas, talleres y su segura convicción sobre los derechos de las mujeres, no pudo elaborar un expediente ligado a los convenios y convenciones internacionales que obligan al estado de Guerrero a enviar a un juicio sin libertad al victimario, con todas las garantías, pero con el probable culpable ahí, físicamente presente para ser juzgado.

Ahora que ni la fiscalía ni la Secretaría de la Mujer pudieron hacer algo, Mora Peralta formalmente tendrá un juicio en libertad. Todas y todos sabemos que muy pronto se dará a conocer que se dio a la fuga y que los tribunales solamente acumularán el expediente en su voluminoso archivo de pendientes sin solución.

La vida de Carmen, la de su pequeño hijo de 5 años ahora en custodia, el abandono de su padre anciano y enfermo de quien ella es la responsable y que estuvo más de doce días sin cuidados estatales, porque dijeron no hay lugar en el DIF ni en ninguna parte, penden de un hilo.

Como la de ella, miles. De todas las que no nos enteramos, de los pasillos burocráticos, indiferentes y sin vigilancia, de una justicia de género que solamente está en los discursos, en las agendas, en los foros o en los presupuestos –siempre ínfimos-- estatales, federales e internacionales, sin resultado.

Me pregunto qué hacen las autoridades de género, los institutos, las fiscalías, las investigaciones millonarias, los recursos para enderezar a policías y jueces que manejan los institutos de las mujeres, que reparten "talleres" como hace años, se trata de números, porque se realizan al 'ahí se va', sin información, sin profundidad, sin seguimiento, sin verdadera convicción.

Durante años deseamos muchas leyes y muchas instituciones. Diagnosticamos la violencia contra las mujeres, elaboramos perfiles, y todavía una Secretaría, la primera, la única, de la Mujer en Guerrero.

Lo que hay en la actualidad es una fiscal sin formación ni convicción necesaria, genérica; un grupo de aguerridas feministas en Guerrero, sin capacidad de alianza y cercanía para lograr la defensa de las mujeres; un gremio, el periodístico, que dio toda su solidaridad e invirtió todo su empeño.

Un esquema doloroso. Porque el caso de Carmen no es único y los estudios e investigaciones no son referentes para las políticas públicas ni les importa a los políticos misóginos, se trata sólo de simular, de firmar convenios y convenciones, pero no de hacer justicia.

Si otra cosa fuera el caso de Carmen, no sería tan tremendamente insultante y gigantesco para nuestra inteligencia. Nos tendría que llevar a revisar dónde estamos. Qué estamos haciendo respecto de la violencia contra las mujeres; tendríamos que ir a exigir que cese el contenido vil de los medios de comunicación, pero ahí, donde se discute la ley, donde los prohombres y mujeres preocupados por la libertad de expresión, son también omisos y misóginos, siguen viendo a las mujeres como madres y prostitutas, no como lo que valemos; tendríamos que revisar los millones invertidos en spots que no borran todo lo que está atrás.

Las legisladoras tendrían que dejar de hacer tanto tango y buscar simplemente que las leyes nacional e internacional se cumplan, tendríamos que invertir los millones en cosas concretas, en vigilar y en formar, no "tallerear" al personal.

LA IGLESIA PAQUIDERMICA

JAVIER SICILIA
Hay, entre todas las frases fundamentales del Evangelio, una que a lo largo del tiempo ha sido una de las piedras de tropiezo de la Iglesia: “La verdad los hará libres”. El problema no radica en su condición de Iglesia –de asamblea, de pueblo de Dios, de cuerpo místico de Cristo, de depósito de la fe–, sino en su carácter de institución, es decir, de una enorme empresa administrativa no distinta a la General Motors, al Estado o a la estructura de un partido.
Una Iglesia así –cuyos inicios administrativos se remontan al siglo IV, cuando se volvió imperial, y cuya estructura ha sido modelo de las instituciones seculares– está, como toda institución que busca conservarse, condenada a la traición. Cuando se quiere mantener el poder es imposible no llegar a la mentira; cuando sólo se cultiva un discurso de bondades, se llega a la complacencia.
Por gracia, otra afirmación evangélica, lanzada contra los fariseos y que tiene que ver con esa misma verdad –“Nada hay encubierto que no se descubra, nada oculto que no se divulgue (...) lo que digan de noche se escuchará en pleno día; lo que digan al oído en las bodegas se proclamará desde las azoteas” (Lucas. 12, 2)– ha venido a sacudirla. Desde hace ya varios años, los actos pederastas de algunos de los miembros de la Iglesia, las redes de complicidades para encubrirlos, sus alianzas antievangélicas (nada, entre todas las corrupciones de las instituciones del mundo, hace más odiosa a la Iglesia que las traiciones a la grandeza que custodia), han comenzado a brotar como un agua estancada de una cisterna rota y la han obligado a una autocrítica y a un proceso de purificación tan paquidérmico como la dimensión de su estructura burocrática –la más grande del mundo.
Los visitadores que Benedicto XVI mandó a la congregación de los Legionarios de Cristo –una continuación de las acciones que inició en mayo de 2006 cuando, aceptando por fin las acusaciones que pesaban sobre su fundador, suspendió a divinis a Marcial Maciel y quitó a los miembros de su congregación los “votos privados”– hablan de ese proceso.
El proceso, pese a lo paquidérmico, es encomiable: un acto de estricta justicia y caridad frente a una rama de la Iglesia cuyos escándalos han hecho más contra ella y el Evangelio que todos sus detractores juntos. Una pregunta, sin embargo, es pertinente: ¿Esa “visitación” llegará a lo que todas las instituciones llaman con una arrogante suficiencia “últimas consecuencias”, es decir, no sólo a destituir, como lo prevé Fernando M. González –el mejor biógrafo de Maciel–, a “la cúpula dirigente para que la nueva dirigencia se encargue de ir limpiando lentamente la institución” (Proceso 1708), sino a tocar las redes que desde el centro de los Legionarios llegan a obispos, cardenales, empresarios y altos prelados de la Santa Sede, incluyendo al Papa Juan Pablo II, y, a partir de allí, hacer, como lo guarda el corazón de la Iglesia, un acto de contrición pública y de petición de perdón?
Como hijo de la Iglesia, lo espero por nuestro bien, por el bien de los hombres de hoy que estamos necesitados más de gestos que muestren la verdad, que de discursos que hablen de ella. Pero también, como hijo de esa misma Iglesia, casta y meretrix, que conoce sus oscuridades y sus sótanos, sé, por desgracia, que no irá más allá de una recomposición maquillada. La razón no está en lo que su corazón resguarda, sino, como he dicho, en su condición institucional.
Desde que la Iglesia se volvió imperial puso un velo entre la radicalidad evangélica que –hay que decirlo en su descargo– ha custodiado durante 2 mil años y su accionar institucional. Ese velo la ha corrompido al grado de que ya no se diferencia, más que por el grado de esquizofrenia, de las instituciones modernas y seculares que salieron de sus entrañas. Con ello, la verdad evangélica, que ahora la hiere y le exige alcanzar su presencia, se ha ido oscureciendo. No podría ser de otra manera. Mientras la institución clerical pretenda que la Iglesia se hace por los hombres que la administran –seres, como todo hombre, imperfectos, pequeños, caídos, necesitados del acogimiento y el perdón de los otros–, será como todas las instituciones, el rostro de una prostituta, cuyos oscuros comercios tratará siempre de disfrazar bajo el maquillaje de la decencia. Sólo cuando aprenda que a ella la hace su Señor: un Dios que se hizo pobre, una pobreza de carne que siempre es rescatada por la confianza; cuando aprenda que ella no es el cuerpo del César ni de sus poderes a los que hay que servir devotamente, sino el del Jesús desnudo –ese que en sus mejores hombres está en las cabeceras de los agonizantes, en la lucha por la justicia, en las chabolas, entre los apestados, los despojados, los humillados, entre aquellos que no hacen alianzas con el poder y están dispuestos a hablar con la verdad que siempre duele, pero que después consuela–, el del Jesús vuelto miseria, en cuya debilidad habita otra medida: el amor, entonces habrá renunciado a ser una institución, pero habrá ganado la sencilla grandeza de los que no temen la libertad de los hijos de Dios.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la APPO, y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.

miércoles, 22 de julio de 2009

EL FRACASO MONUMENTAL

Un fracaso monumental
JOHN M. ACKERMAN
La utilización de las Fuerzas Armadas para labores de seguridad pública ha resultado un rotundo fracaso. El recrudecimiento de la violencia en los últimos días, y sobre todo en aquellos estados con mayor presencia militar como Chihuahua y Michoacán, demuestra que los militares no son más efectivos que los policías en el combate al narcotráfico y al crimen organizado.
La “toma” de Ciudad Juárez por los militares a partir de febrero no ha tenido los efectos esperados. Después de una reducción temporal en la cantidad de asesinatos, la violencia se ha repuntado en los últimos meses. Hoy, en promedio mueren de forma violenta seis personas al día en esta ciudad fronteriza. En una encuesta levantada por El Diario de Ciudad Juárez en mayo pasado, más de 54% de los entrevistados dijeron que la inseguridad y la violencia en esa área ha empeorado en 2009 con respecto al período correspondiente al año pasado. El excelente reportaje de Marcela Turati publicado en la edición 1706 de Proceso resume de manera elocuente el fracaso del “experimento” en Juárez.
Las violaciones a los derechos humanos por parte de las Fuerzas Armadas siguen en franco aumento. Incluso el ombudsman nacional, José Luis Soberanes, declaró en su comparecencia ante el Congreso el martes 14 que “la situación de Ciudad Juárez es un ejemplo de la necesidad de que el gobierno federal replantee su estrategia de seguridad pública, ya que la actual no parece rendir los resultados esperados. Es preocupante que el despliegue de las fuerzas federales no haya detenido la violencia que genera el crimen organizado y el narcotráfico. Por el contrario, ha dado como resultado innumerables quejas por presuntos abusos contra personas inocentes”.
Los recientes informes de Human Rights Watch, así como los reportajes de The Washington Post y Los Angeles Times sobre el tema, tampoco dejan lugar a dudas. Casos como el del artero asesinato del luchador social y profesor de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez Manuel Arroyo, el pasado 29 de mayo, y los recientes asesinatos de dirigentes mormones de la comunidad de Le Baron, simbolizan nítidamente lo que ocurre ante el caos y la falta de legalidad que imperan en el país.
Con la militarización de la lucha contra el narcotráfico le ha salido el tiro por la culata al gobierno de Felipe Calderón. La presencia de los militares en las calles no ha provocado más orden, sino mayor confusión entre la sociedad. Una ciudadanía acostumbrada a ser amenazada por armas largas a plena luz del día es una población sumamente vulnerable a los ataques del crimen organizado. Pareciera que el objetivo del gobierno es que los ciudadanos perdamos nuestra capacidad de asombro, de denuncia y de protesta.
La situación actual es particularmente grave, ya que no queda claro a quién podríamos recurrir después del fracaso de las Fuerzas Armadas. La derrota definitiva de los militares dejaría abierto el camino para la propagación de milicias ciudadanas de autodefensa, tal y como ha ocurrido ante la total ausencia de la protección del Estado, por ejemplo, en las favelas de Brasil. Sin embargo, esta “solución” sólo genera mayores problemas, pues finiquita cualquier apariencia de un Estado de derecho y nos acerca a la barbarie.
El sistema de procuración de justicia del país también se encuentra en un estado desastroso. El abuso de la figura del arraigo evidencia la falta de desarrollo de un sistema de inteligencia criminal eficaz. En lugar de detener a los delincuentes una vez que la autoridad cuenta con información fidedigna respecto a los delitos cometidos, el gobierno prefiere capturar primero a los sospechosos e investigar después. Amén de ineficiente, esta estrategia implica una evidente violación a los derechos de los acusados.
Los gobiernos neoliberales siempre han insistido en que las cuestiones sociales tienen que empeorar antes de mejorar; argumentan que el sufrimiento producido en el corto plazo por la reducción del gasto público, la desregulación económica y la privatización de las empresas públicas desembocará en una mejora significativa en la economía en el largo plazo. Sin embargo, la terca realidad siempre ha desmentido este falso postulado, pues hemos visto que el dolor y los sacrificios solamente se han agravado más a partir de las recurrentes crisis de las últimas tres décadas.
Algo similar ocurre con el actual discurso con respecto a la seguridad pública. Una vez más, nuestros gobernantes buscan vendernos la necesidad de sacrificios en el corto plazo a cambio de una vaga promesa de paz y estabilidad en el futuro. Así como el agravamiento del hambre en el campo supuestamente sería un indicador del éxito de las estrategias de “ajuste estructural”, el aumento de la violencia, hoy, supuestamente revelaría el éxito de la estrategia de combate al crimen organizado. En ambos casos el gobierno miente en su afán por apaciguar a la ciudadanía.
Una vez más la opacidad sigue siendo la regla de oro. La cobarde negativa del procurador general de la República, Eduardo Medina Mora, a comparecer ante la Comisión Permanente del Congreso de la Unión y la vergonzosa complicidad del PRI al respecto, recuerdan la negativa del gobierno federal para esclarecer las operaciones de Fondo Bancario de Protección al Ahorro (Fobaproa) durante los noventa. En ambos casos el PRI y el PAN se alían con el fin de blindar el manejo del Estado mexicano del escrutinio público y la rendición de cuentas.
Así como ante la crisis financiera global resulta evidente que urge una transformación radical en la estrategia de desarrollo económico, también se requiere de un giro de 360 grados en la estrategia de combate a la delincuencia organizada y al narcotráfico en el país. De otra forma, los cimientos básicos del Estado moderno y de la democracia continuarán estando en riesgo.

martes, 14 de julio de 2009

LAS CARCAJADAS DE LOS NARCOS

Las carcajadas de los narcos
Lydia Cacho
El IMSS pagó más de 800 mil dólares en subsidios a la guardería de la familia del narcotraficante El Mayo Zambada. En Washington ahora se preguntan cómo diablos le harán para que los congresistas estadounidenses aprueben futuras partidas de Plan Mérida para México, que podrían terminar en los bolsillos de los cárteles.
No, no fue en la era del PRI, esa a la que culpa Calderón cada vez que cuestionamos la guerra y la corrupción. Fue Molinar Horcasitas cuando era director del IMSS; un panista que ha vivido de dar lecciones de ética y buen gobierno. Firmó el convenio para que la familia del narcotraficante maneje una guardería pública en Sinaloa.
No hay excusa ni pretexto; cualquier persona puede entrar en Internet, teclear el nombre de la representante legal y encontrarse, desde antes de firmar el contrato, con el listado de los negocios para lavar dinero de El Mayo Zambada.
El aviso en la dirección electrónica http://www.treas.gov/offices/enforcement/ofac/actions/20070517.shtml está allí justamente en aras de la trasparencia y para que nadie, ni de México ni de Estados Unidos, cometa el error de vincularse con el narcotraficante.
Como si no fuera suficiente la falta de profesionalismo y pericia del director y Consejo Técnico del IMSS, también el gobierno de EU, que ya conocía esta asociación, hizo ojo de hormiga. Cuando la cooperación estadounidense entrega donativos a las asociaciones civiles, les hace firmar medio centenar de documentos de responsabilidad jurídica, revisa las facturas y gastos, exige transparencia total por 10 mil dólares; sin embargo, a sabiendas de que el gobierno federal no sólo es incapaz de dar seguimiento a uno de capos más buscados, sino que se asocia con su familia con recursos públicos, aprobó la entrega de 400 millones de dólares para la narcobatalla. Algo no cuadra; el Departamento de Estado ha dicho que esta es una guerra fallida. Si lo es, ¿para qué invierten en ella? ¿Qué estará cediendo Calderón a cambio de esa ayuda?
Las y los legisladores estadounidenses que aprobaron el Plan Mérida conocen las debilidades del gobierno calderonista. Conocen la corrupción de altos mandos policíacos, saben de la falta de equipo y recursos para trabajo de campo de inteligencia del Cisen.
Luego de un gasto multimillonario y de la estela de daños “colaterales” (como Calderón llama a las violaciones a los derechos humanos) que dejan 10 mil soldados en Chihuahua, sabemos que fue inútil ese despliegue militar y que lo que se necesitaba era invertir en servicios de inteligencia para aislar y detener a los narcotraficantes y sus redes sociales; justo lo que hace un año la Sedena y expertos independientes en inteligencia y seguridad le dijeron a Calderón.

Si no son capaces de darse cuenta de que el IMSS está subrogando guarderías al narco, algo que podrían descubrir con una búsqueda simple en Google, qué podemos esperar de esta ineficaz guerra si no más violencia, más muertes, menos derechos humanos para la sociedad inocente, y claro, las carcajadas de los narcotraficantes.
(Para leer más sobre el efecto de la militarización en México lea:
http://www.eluniversal.com.mx/nacion/169676.html)

viernes, 10 de julio de 2009

Carta a los secuestradores

Lydia Cacho

Cada vez que uno de ustedes asesina a una persona, se hace más pequeño ante sí mismo y ante los demás. No, no son grandes, ni valientes, ni fuertes ni malos profesionales. Su vida carece de sentido y por eso consideran que secuestrar, torturar y cobrar por ello les hace grandes y poderosos. El poder que tienen en realidad es minúsculo, no depende tanto de ustedes como de la incapacidad, ignorancia y debilidad de quien debiera ser su adversario: las autoridades mexicanas.

Ustedes son un puñado regado por todo el país; hay millones de hombres y mujeres que no les temen, que no se arrepienten, que no se venden ni venden a sus familiares a cambio de que ustedes les perdonen, magnánimamente, la vida.

El dinero tampoco los hace mejores; ni sus camionetas y autos de lujo, ni las armas de alto calibre, ni la mirada ruda que finge no sentir nada, porque ustedes, la mayoría deben beber o drogarse para soportar la vida. Duermen con miedo aunque lo nieguen, miedo de la traición de su pareja, de sus compas, de sus cómplices policiacos. Este país, México no es tan suyo como imaginan, aunque vean en los periódicos las portadas con sus fechorías, y celebren a escondidas que otro medio les dio ocho columnas, que la tele los hace cada vez más malos ante la mirada de la sociedad; es un espejismo, cada vez que matan a alguien, ustedes empequeñecen.

Hace una semana una mujer murió en manos de un secuestrador que debió suicidarse sin saber qué hacer. Antier, asesinaron a Benjamín Le Barón, pero su comunidad no está asustada, está indignada y les rebasa en número y en fuerza moral. Ustedes cuentan con la cobardía y avaricia de algunos gobernadores, procuradores y jueces, eso está claro. Sin embargo no crean todo lo que ven, todo lo que leen. Este país no vivirá secuestrado por el miedo. Cada vez hay más gente que les señala, que les reconoce, que logrará, como hizo Benjamín Le Baron, que otra veintena pague por sus delitos. Ustedes, en realidad, son poca cosa, su camino es el equivocado, y este país aun es nuestro.

lunes, 6 de julio de 2009

DEMOCRACIA AGONIZANTE

Democracia agonizante
Julio 6, 2009 1:06 pm Lydia Cacho Ribeiro Noticias, PLAN B

Publicado en El Universal y otros diarios del país.

Plan b

Lydia Cacho

Este domingo que el PRI arrasó en algunos de nuestros estados, recordé julio del 2000. Cuando creíamos que el IFE de Woldenberg había llegado para quedarse, sólido y honesto, que era nuestro caballo de Troya para conquistar la democracia; cuando creímos que la transparencia una vez instaurada nos haría un poco más libres. En aquél momento millones de personas votaron por Vicente Fox porque mostró que era un tipo cualquiera (y luego lo demostró de la peor manera) y porque él se convirtió en el instrumento para deshacerse de la clase política priísta que estaba llevando al país al colapso por la vía de la corrupción y la injusticia.

Nueve años después, cuando los grandes expertos nos dijeron que el cambio de partido nos llevaría a la madurez democrática, nos encontramos en las urnas con una sensación de que el voto nulo o el abstencionismo darían una lección a los partidos. Vimos los camiones acarreando gente del PAN, PRI y PRD. Las mismas técnicas de antaño, colores diferentes.

Los altísimos índices de abstencionismo no deben desestimarse. No acudir a las urnas, aunque el IFE diga lo contrario, es un acto político; es una forma de resistencia y un derecho. Descalificar el abstencionismo y el voto nulo no les arrebata fuerza social y carga ideológica.

México está en uno de los momentos más difíciles de su historia moderna. Las y los expertos nos dicen que somos un símil de Colombia en los tiempos más complejos. Estamos rodeadas de ira, de hartazgo, de violencia. Los políticos han logrado crear un ambiente tan violento que ya no hay adversarios sino enemigos. Ya no hay divergencias sino descalificaciones, trampas e insultos. Con las elecciones nos pone a prueba la vieja clase política que se resiste a la renovación. Esa que se disfraza, que cambia el discurso pero es corrupta igual. Los partidos se dividen no por sus enemigos sino por la ambición de sus aliados. Ganan los que hacen mejores trampas porque no tienen sentido de Estado (bien sabemos que el PRI nunca lo tuvo).

Las y los políticos ofrecen lo que no pueden aportar. No es necesariamente cinismo sino una mezcla de ignorancia y pasión por un poder patriarcal impositivo, parlanchín y poco transformador. Más allá del real decaimiento de una fiesta democrática que duró seis años, y que en los últimos tres se apagó al ritmo de las balas, bajo los ríos de sangre, con el miedo a las botas militares y a la incertidumbre del secuestro y la muerte; estas elecciones fueron un paso más para recordarnos que la sociedad tienen un poder transformador que debe articular mejor. Sí, el PRI seguirá recuperando bastiones, no por su credibilidad sino por la incapacidad de la oposición. Los partidos pequeños desparecerán. El PAN seguirá fomentando mano dura y alentando la pasión por la militarización. Ante las cárceles atiborradas de criminales y el sistema de justicia penal atrapado en una reforma que no dará frutos en muchos años, llegarán más paramilitares (Los matazetas no son más que eso) y veremos más videos de limpieza social por Youtube.

Estas intermedias nos recordaron que a la democracia no se llega por las urnas, sino por la transformación cultural. En Colombia el 60% de los diputados ha estado en la cárcel por nexos con narcotráfico y con paramilitares. La historia no miente, la gente se auto engaña. Ahora más que nunca la sociedad civil debe aglutinarse, crear organizaciones sólidas de Derechos Humanos, coordinarse y aprender a prever escenarios de descomposición social y elaborar proyectos de educación para la paz.

La sociedad civil ahora tiene la tarea política de rescatar el valor de la vida humana, prepararse para lo peor, que apenas viene, y trabajar por la paz que algún día llegará. www.lydiacacho.net
3 Responses

1. salome Says:
Julio 6th, 2009 at 3:31 pm

¿Cómo se hace para entender lo que pasa en nuestro país?…¿cómo le explico a mi hijo de 12 años, cuando me pregunta “pues qué no estaban los adultos hartos del PRI, su corrupción y su manera de gobernar”?, ¿cómo le explico que no es un partido el único que mancha nuestra historia?, ¿cómo se pasa el trajo amargo después de ver que el 60 por ciento de nuestros compatriotas ha decidido simplemente tirar la toalla?, ¿qué país estamos construyendo?, ¿qué país el nuestro lleno de impunidad e injusticia?
Quiero esperanza, quiero certeza, compromisos reales cumplidos, políticos honestos…¿será posible?
2. ernesto Says:
Julio 6th, 2009 at 8:30 pm

sólo una pequeña observación : en estas elecciones intermedias del sexenio de Calderón hubo menos abstencionismo que en las elecciones intermedias del sexenio de Fox.
3. ave Says:
Julio 6th, 2009 at 9:43 pm

La gente que voto por el PRI solo lo hizo como voto de castigo hacia el PAN, ya que resulto peor el cambio, con las mismas mañas del PRI . El PRD no dio color con tantas broncas internas en su partido .Asi las cosas, los ciudadanos sintieron que votar nulo no ayudaria y los votos llenaron las urnas del PRI.
ESTAMOS ENTRAMPADOS EN UN PAIS QUE NO OFRECE SOLUCIONES……ESTO SOLO ES UN SINTOMA DE LO QUE OCURRIRA EL 2012